precisamente el elemento de la voluptuosidad, el amor puro, la naturaleza misma de la
mujer de entregarse a lo que ama y de amar lo que le place. —¿Qué puede haber más cruel para quien ama que la infidelidad del ser amado?
—¡Ay! —contestó—. Somos fieles en tanto que amamos; pero vosotros exigís que
la mujer sea fiel sin amor, que se entregue sin goce. ¿Dónde está ahora la crueldad, en el
hombre o en la mujer? Las gentes del Norte concedéis demasiada importancia y seriedad al
amor. Habláis de deberes donde no hay otra cosa que placer.
—Sí, señora. Tenemos sobre ese punto sentimientos respetables y recomendables, y,
además, sólidas razones.
—Y siempre la curiosidad, eternamente despierta y eternamente insaciada, de las
desnudeces del paganismo; pero el amor, que es la mayor alegría, la pureza divina misma,
eso no les conviene a ustedes los modernos, hijos de la reflexión. Les sienta mal. En cuanto
se hacen ustedes naturales, se ponen groseros. La naturaleza les parece una cosa hostil y
hacen de nosotras, rientes genios de los dioses griegos, de mí misma, un demonio. Podéis
desterrarme, maldecirme, hasta inmolarme al pie de mi altar en un acceso báquico; pero
alguno de vosotros habrá tenido el valor de besar mis labios purpurinos. Vaya, por esto,
peregrino a Roma, descalzo, con cilicio, esperando que su bastón florezca, mientras que a
mis pies surgen a cada instante rosas, mirtos y violetas que no dan su perfume para ustedes.
Quedaos en vuestras nieblas hiperbóreas, entre vuestro incienso cristiano, y dejadnos
reposar bajo la lava, no nos desenterréis, no. Pompeya, nuestras villas, nuestros baños,
nuestro templo, no se hicieron para ustedes. ¡Ni siquiera necesitáis dioses! ¡Nos helamos en
vuestro mundo!

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